¿A ti no te ha pasado?

Por Fabiola Sánchez.

Ésta mañana mientras viajaba en el transporte público me puse a pensar en cuantas historias viajan en esa pequeña camioneta, cada uno sumergido en sus pensamientos, cada uno de nosotros pensando si nos va a alcanzar la quincena, si por fin el triste mecánico ya habrá resuelto lo de la marcha del auto, en porque si hay tantos espacios en la combi las señoras deciden meterse donde no caben, en fin, historias que va uno creando; que si no llevas mucha carga espiritual te imaginas a que se dedica cada uno de los que van a tu lado. Y que si fueras J.K. Rowling ya habrías escrito por lo menos dos zagas completas, pero no lo somos y nos conformamos con escuchar la plática de las dos amigas, que piensan en como joder a la que no va en ese momento, y volteas a ver la conversación de whats del de a lado, y piensas en si puedes sacar tu celular o habrá un ratero entre los pasajeros viendo quien si trae celular y quien no y en cualquier momento se los quita a todos.

Nuestra cabeza es esa máquina de historias a la que nunca le hacemos caso, olvidamos hasta las mejores ideas de un buen negocio sólo por bajar con cuidado sin que se arranque el chofer mientras uno de tus pies aún está arriba de esa camioneta, o un gran tuit que se te viene a la cabeza y olvidas mientras caminas hacia tu trabajo, no la dejamos fluir y nos conformamos con leer libros de autores que nadie conoce o pensamos que esos libros de auto superación en algún momento van a funcionar y tú te volverás rico con sólo decretarlo, por que seguramente tu patrón te va a heredar toda su empresa por haber decretado en positivo y en presente, obvio no me estoy burlando pero si creo que para ser millonario o rico como desees llamarle, hay que machetearle un poco.

Pero ¿Qué hay de nuestras historias? ¿De lo que queremos contarle al mundo, de lo que nuestro ego nos dice que debemos de hacerle saber a todos por lo que hemos pasado, lo fuertes que hemos sido y de lo tenaz que ya somos ante tanta caída? ¿Nada?? Lo sé, me pasa lo mismo, todos los días escribo la historia de los que van junto a mi, callados mirando desde la ventana el mismo paisaje que ha recorrido por 300 días por lo menos este año, con los ojos idos hacia ningún punto en específico, los ojos sólo se mueven incesantes ante los edificios, y si su mirada es triste y los veo sin mover sus manos pienso, están por escapar, con lo que traen para el pasaje y se van a ir hasta donde les alcance y ahí comenzarán de nuevo. Si los veo mordiéndose las uñas imagino que van algo retrasados para llegar a su trabajo y están inventando esa maravillosa historia que los salve de que los regresen y les descuenten el día, están volviéndose indispensables para que en su trabajo les perdonen tantos retardos; si los veo con la cabeza colgando mientras dormitan y el ruido del motor los arrulla imagino que tienen bebés y no pudieron dormir más de tres horas seguidas y que ese trayecto dormidos, les deja reparar su cuerpo.

En fin, el punto es que hay tantas historias detrás de cada puerta, de cada pasajero en el andén y tan poco escrito, tan poco contado, que deberíamos de inventar el oficio de escritores de vidas a domicilio, para que podamos contar cuentos diarios a nuestros pequeños antes de dormir y podamos dejar descansar a pinocho o a mamá osa y a los que solemos repetir de generación en generación, también creo que no todo debe ser contado, hay historias repugnantes que no se merecen letras para ser recordadas, hay historias que deberían morir junto con el hoy no circula, con el cáncer visual de la Rosa de Guadalupe y sus soplidos y lo que callamos las mujeres y así a los que nos gusta soltar a nuestra imaginación y quitarle la correa a la locura para que siga inspirándonos, nos dejen darle un final feliz.

Deberíamos de regresar a los escritorios públicos de la época de mis abuelos y dejar que ellos le pongan las comas y los puntos a esa historia que nosotros por leerlo de corrido aún no saboreamos.

Si de pronto un día van en el transporte público y ven a alguien que los observa no se molesten, quien los observa no los está juzgando, seguramente está desarrollando una novela en su honor que probablemente termine mejor de lo que en la vida real les está pasando, no se enojen, sonrían como sonríen a una cámara por que probablemente están a punto de ser inmortales y aparecerán como un personaje principal del siguiente best seller. Muestren la sonrisa del alma y abran su mente tanto como puedan, para que sean leídos de la mejor manera que alguien los pueda leer, sin prejuicios; déjense ver como lo harían ante un ciego, ese que sólo va a percibir la belleza del alma y no se fijará si tienen un diente chueco, ese que siente la paz de tu voz y no si vas completamente maquillada tapando todos tus complejos. Sonrían y ustedes mismos comiencen la historia del otro lado.

Otra vez me quedo en espera del A ti no te ha pasado? Suyo, vamos a conocernos y como siempre mis queridos lectores

Que las letras sean!!