Reflexión

Por Fabiola Sánchez.

Cada que algo nuevo te sucede inmediatamente tu cuerpo y mente reaccionan, se sorprenden y lo asimilan para tomarlo como un recuerdo; en mis tiempos nos encantaba maravillarnos de todo, del arcoíris por ejemplo, de las formas que se hacían con las nubes de los relámpagos, de lo grandes que eran los árboles y en cual de ellos podríamos trepar fácilmente, en estos tiempos eso suena a película ñoña de flojera, estereotipada, suena a un amor de esos que nunca suceden, sólo en imágenes de Instagram.

Hemos perdido la capacidad de asombro, nos hemos convertido en jueces en redes sociales, en expertos en temas que nunca vimos en la escuela, mucho menos en nuestro entorno, pero eso que importa, nos encanta dar un juicio de lo que vemos, compartimos frases que ni siquiera investigamos si en verdad las dijo el que viene en la imagen, nos hemos vuelto cómplices de la peor de las ignorancias.

¿Pero por qué seguir ese causal? ¿Por qué mantener paradigmas? ¿Porqué no investigar y comenzar donde nos dejaron? Aún recuerdo gratamente a mis maestros de la primaria con cinco planas de cada palabra que escribí mal, buscando en enciclopedias, escribiendo con puntos y comas lo que venían en eso grandes libros divididos en doce tomos, entendiendo y exponiendo un tema que hasta la fecha si juego maratón puedo ganar contestando esas preguntas. Me gusta ponerle hasta ese sabor de sabihonda cuando lo hago, me gusta saber el proceso de algún procedimiento y aplicar un poco de lógica, en cada uno de los problemas que la cotidianidad nos pone, obvio no aplico la regla de tres simple para todo pero si para saber que producto me va a dar más por su precio.

Pero la idea no es convertirnos en eso que estoy mencionando, en verdad no juzgo a estas nuevas generaciones, creo que tengo aún la esperanza de poder ver el resultado de estas técnicas de aprendizaje, quiero ver hasta donde llega el copia y pega y en algún momento saber si la forma en la que aprendí fue mejor o tuve que dar mil vueltas al árbol para llegar al mismo resultado.

Quiero platicar con ustedes de todo eso que aún nos asombra, de las cosas que nos pasan a todos, de las normales, porque en verdad creo que aún quedan vestigios de humanidad ante tanto internet, no puedo decir celulares, por que hay quien no se despega de su escritorio por que la pc es lo suyo, o quien pone su tablet en el respaldo de un auto mientras alguien conduce, nos llenamos de internet las venas y creo que es momento de regresar al papel, a oler las flores y a despertar en pijama de corazones mientras bebemos un café de una simple cafetera que chifla para avisarnos que ya está lista el agua; vamos a platicar de lo que quisiéramos decirle a los demás ¿A ti no te ha pasado? Sin que lo publique como meme en alguna red social.

Vamos a leernos porque de ustedes es de quien tengo ganas de hablar, de los que aún sueñan con que alguien los mire a la cara mientras hablan y no con un ojo al que habla y otro al celular disculpándose por que es algo importante. A partir de hoy comienzo con platicarles lo que pasa en un día a día en la vida de Fabiola mientras llegan las de ustedes. Con toda la esperanza de respuestas, quedo de ustedes con mi siguiente historia: ¿A ti no te ha pasado que quisieras tener otro nombre? Pues les voy a contar uno de mis grandes traumas de la infancia; desde que tengo siete años he pensado si me hubiese llamado… equis, no sé Lucerito (obvio en ese momento era la estrella del momento) hoy podría ser más famosa que Lucerito, afortunadamente mis padres nunca hicieron caso a mis ruegos y pataletas y hoy no estoy tan quemada como ella, así que bueno pensé unos años más tarde que bueno, cualquiera se puede equivocar con sus deseos; después una chica de mi preparatoria era tan popular y yo me decía ¿por qué no me cambio el nombre al fin que ya soy mayor de edad y puedo decidir por mí, después de unos años ella se suicidó y me dije wow que bueno que me sigo llamando Fabiola, y así consecutivamente, no todas las historia terminan tan trágicamente como la de Lucerito; al final si hay algo que me encanta decir, es mi nombre, es más cuando alguien no me cae bien le doy la mano, sonrío maquiavélicamente y le digo: -Mucho gusto, Fabiola Sánchez que para mis adentros es una mentada de madre pero con una sonrisa y apretón de manos, quien me conoce sabe el tono especial para ese saludo.

En fin después de algunos libros de numerología y superación personal me convencí de que todo tiene un nombre desde antes de nacer, un distintivo y podemos llamarnos Guadalupe o Fabiola como otras doscientas a nuestros alrededores, pero nuestros recuerdos nos van a traer siempre a la más grata o a nuestro último ex, nuestros actos son los que van grabando nuestro nombre en la memoria de los demás, cada F solita le dirá a uno de mis hijos que Fabiola empieza con esa letra, que dormir con Fabiola es una de las experiencias de lo paranormal que habrán vivido por que habla dormida, que trabajar con Fabiola es la parte más emocionante por que ella sabrá como hacer para que te guste lo que haces, he aquí el punto, la parte donde tú te encargas de que tu nombre se escriba con tinta indeleble o con gis, de ponerle mayúsculas, de cambiarla a negritas o hacerla en letra manuscrita. Tú mi querido lector te llevas de tarea y me cuentas en cuantas personas has marcado tu nombre, en cuantas tesis está grabado en dorado, en cuantas oraciones nocturnas figuras, en cuantas cuentas bancarias se lee, en cuantos suspiros termina tu nombre.

Vamos a llamarnos por nuestro nombre completo, y no por que estemos enojados con nosotros, sino para recordar a que suena entero, no en partes, no Fabi, no Fabs, Fabiola!! así como suena. Y un día tal vez, nuestra alma logre empatar con él. Hasta aquí nuestro primer encuentro, deseo de corazón que esta charla no termine y que pronto seamos muchos escribiendo historias. Que las letras sean!!